Fenossiennes es la segunda parte del proyecto Transmigraciones sonoras, el ciclo de arte sonoro que tiene lugar en el Cup del Museu Apel·les Fenosa comisariado por Rubén Barroso.
Rubén Barroso es artista, comisario de exposiciones y eventos de arte y cultura contemporánea. Director de espacios artísticos, Educador de museos, Crítico y teórico especializado en los fenómenos de lo performativo, en didáctica de las artes y en investigación sobre el sonido a partir del desarrollo de la ciudad contemporánea. Desde principios de siglo dirige en Sevilla el proyecto Contenedores, festival dedicado al arte de acción y las relaciones de lo performativo en el arte y la sociedad de nuestro tiempo, directora también del proyecto Fonoteca de Sevilla, un espacio dedicado a la indagación sobre la(s) ciudad(es) a partir del sonido y la escucha, dirige igualmente proyectos de edición de arte y ediciones de artista. Como artista intermedia y performer su labor es continua desde 1997, realizando múltiples acciones, intervenciones en espacios públicos, vídeo-performances, instalaciones y exposiciones, así como conferencias, ponencias, seminarios, talleres de arte actual y arte de acción, etc.
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Esta obra de radioarte (pieza sonora creada para su difusión por canales de radio/podcast y su ejecución en el Museu Apel·les Fenosa) está concebida como un diario de viaje, del viaje que realicé en mayo de 2025 desde Sevilla, mi ciudad de origen, a Barcelona, primero, y El Vendrell, después, en busca del rastro, de las huellas, de los sonidos que la presencia de Apel·les Fenosa dejaba en esas ciudades y que, sobre todo, dejaba, dejaría y seguirá dejando en mí.
Esta aventura (el arte no es ni más ni menos que una permanente aventura) me sumergió en un mundo «otro» y fue tal la sorpresa que aún perdura la emoción: un mundo fuera del tiempo, (hors du temps, como decía Nicole Florensa en aquella carta a su marido, años después de que falleciera), universos que parecen de otros tiempos pero que, no obstante, están presentes en este para, tal vez, recordarnos que el tiempo es un presente continuo, que lo que creemos de ayer está en los hoys o en los siempres.
La emoción de descubrir que el mundo fenosiano daba vueltas en torno a algo más que la figura de un artista; giraba alrededor de una forma de vida que entendía la práctica artística como una práctica vital ampliable a todos los aspectos de la existencia, del vivir, del compartir.
Unas extrañas formas de vida como diría la letra del fado, cuya extrañeza si existe se resume en ese hors du temps, en vivir dentro de los límites que marcan otros ritmos -esos que parecen desaparecidos hoy y que solo hay que tener la voluntad de la búsqueda para encontrarlos, aún en medio de la ultra velocidad del hipercapitalismo. Quizá porque no había forma de vivir de otro modo y también porque, quizá, eso es, precisamente, lo que debemos preservar del legado que nos dejaron esos actores de esa escena de ese siglo: las formas de vida fuera de y, al mismo tiempo, dentro de todo.
Estar fuera es posicionarse dentro de todas las cosas dejando atrás solo lo imprescindible para seguir vivo y libre.
El título de estas obras se engloba bajo el acrónimo de FENOSSIENNES, piezas sonoras que, a la manera del gran innovador de sonidos que fue Erik Satie, juega con el título de una de sus series de composiciones (Gnossiennes).
Nada está al azar y la referencia satiana mucho menos.
Este es el primer capítulo de estas piezas de radioarte al que le seguirán otras que completarán el corpus experiencial que ha supuesto para mí el descubrimiento de un mundo que, sin saberlo, tal vez ya estaba en mi interior, habitaba ya en mí, un mundo en el que yo tenía que estar y en el que ya estoy.
Desde esa peripecia (la aventura) de adentrarme en lo desconocido me encontré de repente en un avión rumbo a Barcelona desde Sevilla -dos ciudades que tienen que ver mucho más de lo que inicialmente pueda pensarse y que durante mucho tiempo han establecido líneas paralelas y construido un imaginario que conforma sin duda la cultura, la historia y la intrahistoria de nuestro tiempo.
Desde una calle del barrio de Gracia dedicada a Apel·les Fenosa inicié una deriva, una ruta Fenosa intuitiva que me llevó a la Sagrada Familia -muy cerca de donde nació en 1899, en un tiempo de expansión de la ciudad-, la Catedral de Barcelona en la que se bautizó, a atravesar las calles de una ciudad tan querida para mí desde siempre, por sus museos, sus tiendas, sus plazas, paseando entre la babel de idiomas e imaginando divertido que todos esos turistas se hacían selfies porque allí había pasado o tomado algún café alguna vez Fenosa, Nicole, Tristan Tzara, Jean Cocteau, Jean Genet, Pablo Picasso, Paul Éluard… les dejo a su imaginación el resto de personajes para que cuando estén delante de un monumento piensen que el turismo está allí por ellos, se fotografía allí por ellos, les dice a sus amigos que han estado en el sitio exacto donde ellos…
En el tren de Barcelona al Vendrell imaginaba que me encontraría a Orlando -más tranquilo, no tan furioso-, volviendo de unas pequeñas vacaciones al jardín de la masía donde volvería a coger su caballo y cargar con él. Imaginé que las señoras de al lado hablaban de que ellas también habían realizado, un día, ese viaje y habían quedado atrapadas, imaginé que me perdía de camino al Museu Fenosa (cosa un poco cierta).
Lo que no imaginé era la sorpresa que me llevé cuando entré en aquel agujero temporal, nada negro, cuando me vi por fin allí y me quedé solo en un lugar que reconocía sin conocerlo, un espacio que no me era extraño, un sitio soñado y familiar que pertenecía sin embargo a un territorio soñado. Real como los sueños, tan real como que la noche no es más que, al fin y al cabo, otro día.
Conocí el pueblo, sus gentes (muchas de las cuales venían de mi tierra), las verbenas, la importancia de una calle en la que nacieron y/o vivieron dos grandes almas catalanas como Pau Casals y Àngel Guimerà, la casa natal de Andreu Nin, político, revolucionario, anarquista (a quien dedico un fragmento de la pieza sonora en la que se puede escuchar a mi querido amigo Oscar Abril Ascaso contándome una historia sobre la relación entre el anarquismo y la construcción de la Sagrada Familia, sentados ambos en el Café Zurich de Plaza Cataluña).
Esta pieza está dedicada a Nekane Aramburu, Paco Justicia, Oscar Abril Ascaso, a Lola, Quim, Jordi, a las amables y acogedoras gentes del Vendrell y, claro, a Nicole, a Apel·les, a Tristan, a Cocteau, a Orlando, a Agatha, a Polifemo…
Rubén Barroso, 2025


